Distrito Federal— Cuando don Alfonso cumplió 92 años, tuvo que retirarse de su botica. Fatigado y melancólico, recuerda su hijo, estaba parado en el umbral de la puerta, ni dentro ni fuera, y desde ahí se despidió en silencio y cabizbajo del lugar donde por más de 60 años sanó a generaciones enteras.
Se trata del doctor Alfonso Taboada, nacido en 1917. Su nombre y su leyenda son el imán que aún atrae a cientos de personas a la última y singular botica que permanece abierta en el barrio de la colonia Guerrero.
“Mi papá ya no da entrevistas, le cuesta mucho trabajo venir hasta acá desde hace tres años que se fue. Le da mucha impotencia a sus 95 años saber que su oficio está agonizando”, lamenta con amargura el doctor Arturo Taboada, de 71 años, quien permanece al frente del local junto con Daniel, el nieto y tercero en esta generación.
En 1947, la familia compró esta botica, que abrió sus puertas en el número 151 de la calle Zarco a finales del siglo XIX. La tradición del oficio ha permanecido hasta ahora. “Pero ya no se come con esto”, lamenta don Arturo. Por eso y porque sus hijos quieren dedicarse de lleno a sus respectivas profesiones, la familia ha decidido que tal vez el 2013 sea el último año. Después de la Navidad, se acabó.
Actualmente, la farmacia permanece abierta al público y las viejas recetas han sido sustituidas por los modernos reactivos. Trabajan con formulaciones que tienen mayor demanda en el segmento de pomadas y fomentos para problemas de la piel, como la dermatitis.
La Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) solicitó a Arturo en 2010 dejar de preparar las formulaciones botánicas sin antes contar con un área reservada para esta labor, separada de la farmacia y su consultorio, como lo indican los artículos 58 y 114 del Reglamento de Insumos para la Salud.
“Hacerlo aumentaría el costo de los productos populares y repercutiría en los precios de salida, por lo que decidimos parar y sólo continuar con la preparación de polvos y ungüentos de formulaciones más simples para afecciones leves de la piel, aunque tampoco nos deja muchas ganancias”, explicó don Arturo, quien inició desde los siete años en el oficio.
Asegura que el oficio sucumbe, sobre todo, desde hace tres años, ante la presión de los laboratorios internacionales, la medicina de patente y las farmacias de cadena. Estos boticarios cuentan al menos ocho boticas en la ciudad, de especialidad dermatológica, con las que tienen contacto, y el anexo de preparaciones de la Farmacia París, que en 1994 fue inaugurado en calles del Centro Histórico.
‘Hay de todo’
Un calor húmedo y blando impregna el aire como una esponja. Aquí, la sombra y la luz se estancan en una mezcla inmóvil de días y noches. Hay que entrar desde la calle y atravesar la farmacia para llegar a esta habitación, donde se esconden cajas con huesos de animales, reducidos a polvo, hierbas secas o botellas marcadas con la palabra “peligro”.
El camarógrafo interrumpe a don Arturo, quien tiene en sus manos uno de estos botellones con ácido. “¿Y no puede estallar si lo abre?”, le pregunta con temor cuando la mano del doctor roza la tapa del frasco, que nadie abre desde hace años. El boticario permanece pensativo por un par de segundos, sonríe y decide no abrir el recipiente. Curiosidades de esta botica que quedó atrapada en el tiempo.
“Tripas de Judas”, “Ojos de Tigre” y “Cuernos de Ciervo” son algunas de las hierbas medicinales y polvos que guarda una doble fila de cajas de metal o incontables recipientes de vidrio de todos tamaños, con etiquetas y tapas originales. Mientras se miran de cerca algunas de estas botellas, las fosas nasales registran un hedor acre, pesado, ligeramente fétido.
Entre las preparaciones más populares de esta botica estaban el talco de Venecia, que era perfumado con fragancias de grosella o menta, para hacer “Polvos para Enamorar”. Cuenta la leyenda que se esparcían en la palma del interesado, luego él tenía que saludar de mano a su amada para impregnárselos. Finalmente, si ella se lavaba las manos y el talco se escurría con el agua, ella estaba enamorada.
“Era muy popular entre la clientela, sobre todo entre los hombres que asistían al cabaret que abría aquí enfrente, se llamaba El Golpe. A las chicas que trabajaban ahí les vendíamos mucho maquillaje, talcos, polveras”, recuerda don Arturo.
Es tal la cantidad de utensilios en este antiguo laboratorio, que es difícil fijar la vista. Matraces, hornillos, cazos, morteros, pesas, medidas, pildoreros, espatuleros, donde los boticarios elaboraban los medicamentos. En un viejo librero de encino hay textos antiguos, raros. Don Arturo explica que es una colección de farmacopeas y libros de control con miles de recetas surtidas desde los años 30.
El futuro está en el aire
Los vecinos de la colonia Guerrero recuerdan a don Alfonso “servicial”, “dispuesto siempre a dar un consejo”. Su hijo recuerda que gran parte de su tiempo lo pasaba encerrado en su improvisado laboratorio para preparar los más complicados jarabes, ungüentos y polvos. “De niño pensaba que eran pócimas y mi papá, un mago”, confiesa entre risas.
Todavía permanece ese aire del siglo pasado cuando llegan los pacientes del barrio a intercambiar síntomas y recetas por medicamento, aunque lejos quedan los años 40 y 50, tiempos en que esta botica tenía que trabajar desde las 7 a.m. hasta la medianoche para dar abasto con la clientela.