Moscú— Rusia está a punto de dejar de ser la única potencia económica fuera de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Mañana miércoles se convertirá de forma oficial en el socio 156 de esta institución, que media en los conflictos entre países y establece las normas básicas que regulan el comercio internacional.
Culmina así un proceso de 18 años, un largo camino de tensas negociaciones, que se ha visto influido por las fluctuaciones de su política interna —entre concepciones nacionalistas y liberales—, y ha vivido momentos en los que el objetivo parecía inalcanzable.
Las susceptibilidades han sido tales que el Kremlin ha llevado al límite el plazo de ratificación que expiraba el 23 de julio. En contra votó toda la oposición, alegando unos que Rusia realiza una inadmisible cesión de soberanía y otros, que el país no está preparado aún para el ingreso. Además, recurrió ante el Tribunal Constitucional, que falló a favor del ingreso en tiempo récord.
El ingreso de Rusia en la OMC se vio retrasado por el intento de acceder conjuntamente con Kazajistán y Bielorrusia, socios de Moscú en la Unión Aduanera
El equipo del presidente Putin apuesta por la integración para estar entre quienes formulan las reglas de juego y para tener instrumentos legales contra el proteccionismo que frena las exportaciones rusas a la Unión Europea y a EU.
Tradicionalmente, se ha argumentado que el ingreso de Rusia beneficia al sector metalúrgico y químico y perjudica al sector agrario. La realidad puede dar sorpresas. El nivel de subvenciones agrícolas descenderá de los 5 mil millones actuales a 4 mil 400 millones para 2018.
El actual primer ministro, Dmitri Medvédev, no sólo cree que Rusia puede autoabastecerse de productos agrícolas, sino también alimentar con ellos a una amplia parte del mundo.
El consumidor ruso no notará enseguida el ingreso de Rusia en la OMC, pero, según calcula Portianski, en un plazo de tres años comenzará el descenso en precios de mercancías como los electrodomésticos y los medicamentos.