Distrito Federal— Un sábado cualquiera, una vecindad de clase baja de la ciudad de México se convierte en arena de lucha libre. Ha llegado la Caravana de Super Tarín.
Hombres, mujeres, niñas y adultos mayores se apretujan en las escaleras de los edificios, que se vuelven gradas para ver hacia el patio que ese día cumple funciones de ring y que gritan a un luchador vestido de Capitán América como si fuera el legendario Santo.
“Era una función de bienvenida a la niña Romina, que regresaba del hospital después de quemarse el cuerpo”, dice Héctor Albores, el locutor del evento que de vez en cuando se pone la máscara y se sube al ring bajo el seudónimo Dark Gladiator.
En el país de la lucha libre, esos espectáculos de gladiadores famosos en arenas repletas son sólo una opción para los que pueden pagarlo. Otros sólo pueden verlos por televisión, por lo cual para ellos, una caravana de luchas callejeras lleva el espectáculo hasta su barrio, al mismo tiempo que da una oportunidad de fama a luchadores que no han llegado a las altas esferas del espectáculo.
Para los habitantes de aquella vecindad, sobre la lona roja el Capitán América responde al nombre de Super Tarín. Ese día hay más de 70 luchadores en trajes brillantes y ajustados, máscaras o largas cabelleras, que vuelan de una cuerda a otra, hacen llaves a su contrincante o se paran frente al público con las manos en la cintura buscando intimidarlos. Hay gritos, sangre –a veces real, a veces de fabricación casera–, un locutor que anima y muchos azotones.
En menos de seis meses, la caravana de Super Tarín habrá visitado este lugar dos veces más. Es una función gratis de lucha callejera para aficionados que difícilmente tendrán forma de ir a las grandes arenas, donde una función cuesta alrededor de 300 pesos.
Desde hace cinco años, la Caravana de Super Tarín recorre cada fin de semana lugares marginados, orfanatos y hasta asentamientos en basureros de la Ciudad de México y monta en la calle, en la plaza, o en el mercado su espectáculo de lucha libre.
Desafío, un luchador independiente de 47 años al que le falta el brazo derecho, tenía seis años sin luchar. Decepcionado del ambiente de las luchas y los grupos que las regulan, se dedicaba al comercio cuando conoció a Rafael Rojas Tarín, un líder de vendedores ambulantes que lo invitó a luchar en reclusorios.
“Fui de los primeros que empezó a llevar gente (luchadores a los espectáculos). Empecé desde los reclusorios (cárceles). Un luchador sabe que cuando va a un reclusorio no tiene paga y la mayoría dice que sí”, dice Desafío, quien se llama Leonardo Rocha.
Después de seis años, Desafío volvió a subir al ring y se convirtió en uno de los organizadores de los eventos.
Rojas Tarín, en cambio, no era un luchador. Su función era de organizador del evento, pero poco a poco se volvía parte del espectáculo. Los luchadores rudos bajaban del cuadrilátero, le gritaban o le daban un golpe para incitarlo a subir al ring.
Hasta que un día respondió con una llave y Rojas Tarín se convirtió en el luchador Super Tarín y lo que había empezado como un grupo de luchadores que llevaban espectáculos a las cárceles se volvió La Caravana de Super Tarín.
Para el Día del Niño, los vecinos del edificio donde vive la niña Romina pidieron otra vez la visita de la Caravana de Super Tarín. Se habían organizado y cada vecino llevaba un platillo para alimentar a los luchadores.
Super Tarín les da apoyo económico a los luchadores por participar, patrocinado por su asociación de comercio ambulante, pero ninguno cobra el sueldo de entre 500 y 2 mil pesos (40 a 160 dólares) que cobraría en una lucha pagada.
Y aunque cuentan que han tenido funciones donde han participado luchadores famosos como Super Porky y El Hijo del Perro Aguayo, la mayoría de los que aparecen son luchadores independientes, sin una empresa que los respalde y los promueva. Muchos, como Desafío o el mismo Albores tienen otros trabajos que les dan para vivir.
Sin embargo, aunque no haya dinero de por medio, la Caravana de Super Tarín les sirve a muchos luchadores como plataforma. Se ha convertido en una vitrina privilegiada en la escena de las luchas callejeras.
Los promotores independientes, que organizan luchas en auditorios o pequeñas arenas, que no son las legendarias México y Coliseo, buscan luchadores que estén activos y que el público de la calle reconozca.
El integrante más joven de la Caravana de Super Tarín es una mujer. Se llama Black Fury y tiene 16 años. Debutó a los 14 años y hace seis meses que llegó a la caravana. La función por Romina fue también su bienvenida al grupo y a un ring para enfrentarse con luchadoras experimentadas con las que nunca se había combatido.
A una función de la caravana pueden llegar hasta 400 personas y no faltan las caras conocidas y regulares. Aunque la intención era llevar las luchas a quienes no pueden ir a ellas, han creado seguidores que aparecen en funciones de uno y otro lado de la ciudad.
En algún momento de la función uno de los encuentros es de lucha extrema. Se vale casi todo. De algún lugar inexplicable los luchadores sacan sillas y el público les pasa maderos, cajones de madera, lámparas de neón, tablas y cualquier objeto que tengan cerca. Albores dice que la lucha callejera les da más libertad que arriba del cuadrilátero.
Super Tarín, es el favorito del público de la caravana con su nombre, pero no falta quien apoye al rival.
Una regla de oro tiene que seguirse siempre en las luchas, explica Desafío y parece que así explicara todo el espectáculo: “Para ser un buen rival hay que ser un buen amigo”.