¿Cómo debemos votar?
Rafael Loret de Mola | 30-06-2012 | 21:30
Imprimir Nota
Enviar Nota
 
Distrito Federal— Vamos a ir a las casillas un poco a tientas, como sugiero en “Sin Redención” –Océano, 2012–, a pesar de la tardía campaña del IFE para ilustrar a los empadronados cómo deben enfrentarse a las boletas, hasta seis en las entidades en donde se elegirán gobernadores e incluso al jefe de gobierno del Distrito Federal, sin tener un conocimiento cabal de los perfiles de los candidatos porque, a través de los últimos noventa días, fue evidente que las miradas se concentraron en los aspirantes a la Presidencia –incluyendo al señor Quadri, ahora más conocido que cualquiera de los postulantes a las Delegaciones defeñas–, y si acaso se dio seguimiento, muy por debajo de los anteriores, a quienes pretenden gobernar el centro neurálgico del país en donde no habrá variantes considerables; los votantes parecen imantados, desde 1997, gracias a los programas sociales de beneficio automático

En fin, en el supuesto de los electores que viven en la capital del país, debe considerarse que encontrarán dos mesas y tres boletas en cada una de ellas: una, destinada a proporcionar los papeles para las elecciones federales –presidente, senadores y diputados–, y otra para las locales –jefe de gobierno, diputados de la Asamblea Legislativa y jefes delegacionales–.

Es fundamental no confundirse de urnas. Por cierto, sería responsable no pretender fotografiar el sufragio emitido para no dar argumentos sobre un presunto fraude que elevaría los decibeles de la protesta poselectoral.

Lo lamentable es que la argucia está manejada desde distintos puntos de vista: los perredistas insisten en que el PRI pagará mil pesos por foto; y los priístas aseguran que serán los perredistas quienes lo hagan con el objeto de documentar “el fraude”. Este es uno de los graves riesgos para la jornada de hoy, además de las muy activas “redes sociales” que prácticamente han estado lanzando rumores desde el jueves por la mañana. Este es otro punto a digerir antes de comenzar hacer la fila correspondiente.

Los más optimistas, de acuerdo al palpitar nacional, estiman que sólo acudirán a las urnas el cincuenta por ciento de los electores, algo así como cuarenta millones de mexicanos. En otras latitudes, la baja afluencia electoral, como la esperada hoy, determinaría la anulación de los comicios y la necesidad de repetirlos. La realidad es que la extensión del miedo puede inhibir a muchos más votantes y la proporción podría ascender a favor de los abstencionistas quienes, sin duda, se perfilan como los grandes ganadores de la jornada... aunque no sea lo más deseable ni lo más razonable. Pero, también debemos decirlo, la posición es válida si es consecuencia de un análisis sobre el deplorable sistema que nos maniata e impide las candidaturas independientes y las segundas vueltas electorales destinadas a asegurar la expresión de la mayoría, por lo menos, de los sufragantes.

En estas elecciones el tema de las coaliciones se enredó, de tal manera, que no es improbable, para colmo, la confusión entre quienes tienen poca cultura política o, de plano, no han seguido los informativos en donde se ha explicado cómo se repartirán los votos:

Hay un candidato cuyo nombre aparecerá tres veces en la boleta: no es necesario cruzar todos los emblemas de los partidos que lo postulan; basta con elegir al que se tengan mayores simpatías; esto es muy importante porque, de otra manera, cruzando todos los círculos, el voto, aunque sea sólo uno por el candidato, se dividirá en tercios respecto a los partidos postulantes, en detrimento, por supuesto, del principal partido de la izquierda.

Otro tanto puede ocurrir con quien es apoyado por dos partidos: si se cruzan los logotipos de sendos institutos, el voto será uno para el candidato, pero se dividirán en dos lo que representa una tremenda oportunidad para el organismo chico, casi familiar, que se ha adherido lo mismo a un partido que a otro, dependiendo de los giros comiciales y la urgencia de sostener el registro ante el IFE y aumentar su cuota de legisladores, por mayoría y plurinominales. Y acaso tal no sea reflejo estricto de la voluntad ciudadana. Otro punto, muy serio, a tomarse en cuenta cuando estemos frente al desafío de las boletas.

Por supuesto, al presunto abstencionismo del cincuenta por ciento de los empadronados debe agregarse un porcentaje –posiblemente entre el diez y el veinte por ciento de los votantes–, que anularán sus sufragios, sea por ignorancia de los procedimientos o por la idea generalizada de que si no se vota el espacio propio puede ser aprovechado para truculencias en los escrutinios. Tranquilos, esto no puede suceder si los funcionarios de las mesas, nuestros vecinos, cumplen con decoro su papel después de haber sido instruidos por los representantes del IFE hasta la saciedad. Si reprueban el examen, ello no puede ser motivo de pretexto... aunque será difícil demostrar la mala fe de los mismos en algunas comunidades alejadas de los centros políticos de cada entidad. El fraude suele realizarse, precisamente, en donde menos miradas se juntan para defender el voto.

En 2006, como lo he explicado, bastaron con cuatro o cinco laboratorios estatales para “jugar” con una franja prevista de un millón de votos –medio para arriba y otro tanto para abajo–, en entidades muy controladas por la estructura gubernamental, digamos Guanajuato y Jalisco en donde no pocas comunidades rurales están vacías de hombres porque están en la “pizca” en los Estados Unidos y, sin embargo, votaron al calor de las prebendas oficiales. El efecto fue devastador para la causa de la democracia y esto es comprobable a simple vista cuando un gobierno no es capaz siquiera de identificar correctamente a quienes captura acusados de delitos contra la salud y uso de armas prohibidas en un altísimo nivel jerárquico dentro de los cárteles. El caso del “hijo del Chapo” volvió a la senda del ridículo a la administración federal en curso... una semana antes de la jornada de hoy.

En la medida en que la sociedad madure, será más difícil manipularla. Y ello sólo puede lograrse a través de una mayor y mejor información. Tenemos gran culpa los periodistas de que todavía haya quienes estén dispuestos a vender su voluntad política; la tenemos porque no hemos sido capaces de orientar –mucho menos a través de los medios masivos más interesados en la final de la Eurocopa que en los comicios–, a una sociedad acostumbrada al fraude y a las triquiñuelas que se vuelven grandes cuando modifican el sentir mayoritario... como sucedió en 2006.

Para cerrar este episodio, no olviden los candidatos que, por estar muy lejos de obtener la mayoría absoluta, gobernarán sin el respaldo de la mayor parte de los mexicanos: a los abstencionistas sumemos a los anuladores y después a cuantos optaron por otras causas partidistas que serán más, mucho más, de los definidos a su favor. Otra vez, en ausencia de reformas torales, quien esta noche sea señalado como el puntero de “las tendencias”, fase previa a la unción final, no debe olvidar su origen y el malestar de millones de mexicanos que no confiaron en él... o en ella, para no descartar a nadie por el momento.

Mirador

Es perverso, desde luego, condicionar la paz y la tranquilidad de un país al éxito o fracaso de una sola candidatura. En ninguna parte del mundo se realizan elecciones perfectas, esto lo sabemos bien, ni siquiera en los países más adelantados que presumen de mantener una democracia impoluta.

Anomalías habrá siempre al igual que la prostitución no cesará mientras haya una mujer –o un hombre– dispuesto a vender su cuerpo o, viceversa, comprar otro ajeno. Lo que no puede permitirse es que nos ahoguen en la inmoralidad y se cambie el curso de la historia por el poder de una consigna deplorable como tampoco aceptaríamos retornar al horror de las bíblicas Sodoma y Gomorra aunque en México ya no son pocos los sitios que se les parecen mucho.

Tampoco hay candidatos perfectos porque los seres humanos, per se, somos imperfectos. Todos tenemos nuestra propia historia personal cargada de episodios duros y difíciles de digerir aunque, en cada uno, la congruencia es la que marca la propia moral íntima, es decir la de la conciencia. De allí que, en la reflexión ante las urnas, hoy mismo, no caigamos en la imitación vulgar de los viejos hilos comunes –es decir las diatribas discursivas que acaban siendo decepcionantes–, y votemos de acuerdo a nuestras ideas. Este es el primer examen que debemos suscribir: ¿somos liberales o conservadores? Esto es, ¿vanguardistas o sostenedores del estado de cosas? Respondamos en la intimidad más profunda y salgamos a votar cuando tengamos esta interrogante resuelta, más allá de partidos y candidatos. Porque, insisto, nada es peor que votar a favor de quienes contrarían nuestra paz interior.

Llegada la hora de la elección, no podemos perdernos en tibiezas ni lugares comunes... ni, mucho menos, en una actitud incondicional ciega. Los incondicionales son peores a los apáticos porque acaban haciendo más daño y no queremos para México, en la víspera de una nueva crisis económica, ningún mal adicional. Ya sufrimos bastante por la ausencia de gobierno y la corrupción galopante. Y es hora de ganar la batalla para nosotros mismos.

Por las alcobas

En 2006 voté en mi casilla de San Miguel Allende, en la zona urbana de la ciudad. Recuerdo que Nacho Vázquez Torres, convertido al perredismo, y yo fuimos los primeros en llegar a cumplir con nuestro deber cívico. No sabíamos, entonces, cuáles serían las marrullerías de una forma más sofisticada de alterar la voluntad ciudadana:

En esa región, el partido en el gobierno, a trueque del cambio prometido, tomo para sí las viejas estructuras y los vicios antiguos, los sofisticó y realizó una versión, corregida y aumentada, del priísmo hegemónico.

Simplemente, votaron en los sitios más alejados del casco urbano, hasta los que se encontraban en los Estados Unidos en calidad de “indocumentados”, un término por demás discriminatorio. Y, por supuesto, al repetir tales tradiciones en cuatro o cinco estados de la República, las tendencias cambiaron y las calles de la ciudad de México concentraron la protesta, en aquel entonces justa.

Para esta jornada sólo queda una arraigada sentencia entre los politicólogos: en ciertos comicios debe ganarse por nocaut y no por puntos. Sólo así se deshacen los entuertos y las maquinaciones. Veremos.

DE CUALQUIER MANERA SIEMPRE SERÁ MÁS SALUDABLE SALIR A VOTAR. HAGÁMOSLO.