Distrito Federal— Vivir en Arabia Saudí, considerado el país más conservador del mundo árabe, por sus estrictas normas religiosas, podría ser muy difícil para un occidental, particularmente para las mujeres.
Ahí, una mujer no puede votar, conducir un auto, tomar un café en la calle con un hombre ajeno a su familia, ser operada sin el permiso de su esposo o simplemente ir de compras sin la compañía de un “mahra” (tutor). Pueden trabajar, pero sólo en lugares que ofrezcan un servicio a otras mujeres y, por ley, no pueden ganar más dinero que un varón.
Además, en las calles suele operar la famosa Policía religiosa conocida como “mattawa”, la cual se encarga de vigilar, entre otras cosas, de que siempre utilicen la abaya y una mascada, prendas que les cubren el cuerpo y el cabello. El niqab, velo que les cubre el rostro, no es obligatorio, pero la mayoría lo usa.
En suma, para muchas mujeres, vivir en Arabia Saudí sería un infierno. Pero no para las tres mexicanas residentes en ese país que entrevistó Reforma, quienes accedieron a contar detalles de su vida en el reservado reino y concluyeron que, pese a las restricciones sociales, los beneficios, sobre todo económicos, son mucho mayores.
Las historias de las tres entrevistadas, Ana Rosa, Patricia y una tercera que prefirió mantenerse en el anonimato, son diferentes, pero hay un dato que coincide: todas están casadas con un árabe al que conocieron por diversas razones en Estados Unidos.
En el reino saudí, según el último censo de la Embajada de México en Riad, viven 119 mexicanas casadas con árabes. El registro es voluntario, por lo que podría haber más, especificaron las fuentes diplomáticas.
Pelea contra la burocracia
Ana Rosa del Carmen Gómez Hernández o, en árabe, Hind del Karmeen Hernández, es de Guadalajara, Jalisco, y se convirtió al islam por convicción antes de casarse. Vivía en Estados Unidos cuando contrajo nupcias, en 1990, como parte de un matrimonio arreglado. Esa fue su decisión.
Después de cinco años de casados se fueron a Arabia Saudí. Él consiguió trabajo en Aramco, la petrolera más grande del mundo; tenía un buen sueldo y vivían bien.
“Parecía el cuento de las mil y una noches, príncipe de sangre azul, de buena familia y educado. Qué más se puede pedir”, contó Ana, quien, sin embargo, ya le había notado un defecto: “¡Bebía!”, pese a que el islam lo prohíbe.
La situación empeoró cuando empezó a tener una “conducta extravagante”. “(Ahí) empezó mi sufrimiento de mujer abusada física y psicológicamente”, recordó. La vergüenza, la abnegación y la esperanza de que él cambiara la mantuvieron callada.
Después de casi 10 años de lucha e incluso de un intento fallido por escapar de Arabia, Ana, ahora de 44 años y quien vive en Dammam, al este, logró hacerle entender a la familia de su esposo y a las autoridades que él tiene esquizofrenia.
Su lucha ahora es conseguir el divorcio. Y tendría todas las de ganar –según la ley islámica, si el marido sufre de locura o no cumple con sus obligaciones maritales, como es el caso, la mujer puede solicitarlo–, pero las autoridades le han dado largas. A veces le gana la frustración, pero asegura que “el que persevera, alcanza” y que algún día vencerá a la burocracia.
Pese a todo, Ana, quien pide ayuda a las autoridades mexicanas para llevar su caso a una corte, disfruta su religión y le gusta vestir la abaya. Ha tenido que trabajar para sostener a sus tres hijas, pero afirma que en Arabia se vive bien y se respetan los derechos de las mujeres.
Sobre la cuestión del sufragio no muestra mucho interés. De hecho, dijo que no votó para las actuales elecciones presidenciales en México porque cree que eso no cambiaría en nada las cosas.
“Nuestro país se ha corrompido cada vez más. En México sólo el millonario sobrevive, los cárteles de la droga controlan el país, la mafia nos controla, el Gobierno nos controla”, opina.
Logra superarse
Patricia Hernández, del Distrito Federal, conoció a su esposo en Houston a los 17 años. Ella estudiaba un curso de inglés y él se formaba para ser piloto. Al poco tiempo decidieron casarse. Lo hicieron en México, por el civil y la iglesia; después, cuando ella cambió su religión por decisión propia, fue por el islam.
Los dos vivieron una temporada en el país, tiempo que ella aprovechó para estudiar Odontología en la UNAM, pero luego decidieron irse a Arabia.
Adaptarse no fue fácil, sobre todo para sus dos hijos mayores, Rashid y Anwart. “Tenían muchas peleas (en la escuela). Los molestaban porque sus abuelos eran cristianos”, contó Patricia, quien tomó la difícil decisión de dividir a su familia. Ella y su esposo se quedaron en Arabia, donde nacieron sus otros dos hijos varones; Rashid y Anwart se regresaron a México.
Cuando llegó al reino saudí, Patricia no sabía hablar árabe, pero eso no fue un impedimento para salir adelante. Estudió y luchó varios años con su marido y la cultura, pero logró certificarse y ahora trabaja como dentista en la Universidad de Hail.
“Ha sido difícil. (Incluso) intenté divorciarme, (pero he pensado que) si Dios me puso aquí es para ser mejor ser humano”, dijo.
Hoy en día, Patricia, de 39 años, se comunica con Rashid y Anwart vía Skype y viaja con frecuencia a México para verlos. Es una situación complicada, pero dice ser feliz. Valora mucho no tener necesidades económicas y sentirse más segura que en su propio país.
No maneja, pero le encanta tener chofer; no le importa no votar porque piensa que los gobernantes hacen lo que quieren, y afirma que en Arabia se protege a la mujer, pero, al mismo tiempo, recomienda a las mexicanas informarse bien si quieren casarse con un árabe porque eso, asegura, “requiere de un enorme sacrificio”.
“Las mexicanas somos capaces de sonreír hasta en los peores momentos. Luchamos incluso cuando no tenemos fuerzas y sacamos la casta cuando es necesario”.
‘Hay restricciones, pero vivo muy bien’
La tercera mujer es originaria de Morelos, pero prefirió mantenerse bajo anonimato “por cuestiones de seguridad”.
Ella tiene 49 años, vive en Riad desde 1984 y está casada con un árabe que conoció en Estados Unidos, estudiando. Actualmente trabaja en una Embajada.
Asegura que es muy difícil vivir en un lugar donde no hay diversiones, cines, ni discos, y donde una mujer tiene que cubrirse muy bien su cabello porque es bastante provocativo para los hombres. Sin embargo, puede tolerar esas cosas.
“Las abayas son negras y muy elegantes, las hay de colores y bordadas con chaquiritas o el diseño que te guste. (Además, abajo) visto muy moderna; ando con jeans, vestidos y falda, y en tiempo de frío uso bota vaquera. Me gusta estar muy bien pintada y arreglada”, indica.
Ella no se ha convertido al islam y aún no se acostumbra a ver hombres con dos o tres esposas, pero respeta la religión y las costumbre. De igual manera, valora mucho su seguridad personal y económica.
“No voto porque es un reino. No conduzco, pero mi chofer me lleva a donde vaya en mi BMW o mi Cadillac. Hay restricciones, sí, pero vivo muy bien, tengo una casa moderna con muchas comodidades. En el sótano tengo un cine y hay un salón de juegos. Estoy feliz y tengo un esposo que me quiere y me tiene muchas consideraciones”, agrega.