Izúcar de Matamoros— Jeffrey Isidoro estaba sentado cerca de la puerta de su salón de quinto grado aquí en el centro de México, viendo a través de lentes de diseñador que, al igual que sus tenis Nike y su mochila de la misma marca, daban muestra de una vida vivida casi en su totalidad en Estados Unidos. Sus padres se sienten en casa en México. Jeffrey está perdido.
Jeffrey Isidoro, de 10 años, extraña Houston y ha tenido dificultades para hacer amigos en la escuela en Izúcar de Matamoros.
Cuando su maestra preguntó en español cómo se comunican los delfines, un niño sentado junto a él se paró a subrayar la respuesta correcta. Cuando le tocó el turno de leer a él, sus compañeros se rieron y gritaron: “En inglés, en inglés”, haciendo que Jeffrey se sonrojara.
“Houston es mi casa”, comentó Jeffrey durante el recreo, en inglés. “Las casas y las cosas de aquí son un poco extrañas. Me siento medio incómodo”. México nunca antes había visto tantos Jeffreys, Jennifers y Aidens norteamericanos en sus salones de clase. La ola de deportaciones de los últimos años, además de las leyes estatales más severas y un desempleo constante, han provocado un éxodo masivo de familias mexicanas que están saliendo de Norteamérica con sus hijos estadounidenses.
Son un reto para México y un problema para EU
En total, 1.4 millones de mexicanos -incluyendo alrededor de 300 mil niños nacidos en Estados Unidos- se trasladaron a México entre 2005 y 2010, de acuerdo con datos del Censo de este país. Se trata de casi el doble del índice de migración de norte a sur de 1995 a 2000, y los datos más recientes del gobierno -publicados apenas este mes- dejan entrever que la cantidad no ha estado disminuyendo. El resultado es toda una generación de niños que desdibujan los límites entre ‘mexicano’ y ‘norteamericano’.
“Se trata de un fenómeno nuevo”, comentó Víctor Zúñiga, sociólogo de la Universidad de Monterrey en el estado de Nuevo León, el cual colinda con Texas. “Ésta es la primera vez en la historia de la relación entre México y Estados Unidos en la que surge una generación de pequeños que se han desarrollado en las dos sociedades durante los primeros años de su vida”.
Detractores de la inmigración han recibido en su mayor parte con agrado la salida masiva, pero demógrafos y educadores se han mostrado preocupados por la posibilidad de que demasiados niños estadounidenses sean enviados a escuelas en México que no están preparadas para integrarlos. Y puesto que varias investigaciones muestran que la mayoría de tales niños planean regresar a Norteamérica, algunos sostienen que lo que hoy en día es un reto para México, mañana será un problema para Estados Unidos, con un grupo emergente de inmigrantes: jóvenes adultos con pocas habilidades, una infancia difícil y los derechos completos de la ciudadanía estadounidense.
“Este tipo de cambios son muy traumáticos para los niños”, comentó Marta Tienda, socióloga de Princeton nacida en Texas de padres mexicanos inmigrantes. “Es algo que no podrán olvidar”.
Estos niños son vistos como “extraños” por sus compañeros nacidos en México, justo en una edad en que “son pre-adolescentes y su identidad se está formando”, aseveró Tienda.
Deportado por ‘falta de luz’
La situación de Jeffrey es cada vez más común. Su padre, Tomás Isidoro, un carpintero de 39 años, fue uno de los 46 mil 486 inmigrantes que fueron deportados en la primera mitad de 2011 e indicaron haber tenido hijos en Norteamérica, de acuerdo con un reporte presentado por el Departamento de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos ante el Congreso. Se trata de ocho veces el promedio de cada medio año en cuanto a deportaciones de 1998 a 2007.
Isidoro padre, quien llevaba una gorra de los Cowboys de Dallas en la cocina de sus padres, comentó sentirse molesto por el hecho de que sus 25 años de trabajo en Estados Unidos no hayan significado nada; por el hecho de que haber sido detenido por faltarle un foco de su vehículo y no contar con documentos migratorios haya sido más importante que tener dos hijos estadounidensesm, Jeffrey, de 10 años, y su hermano, Tommy Jefferson, de 2, nombrado así en honor al presidente favorito de la familia.
En cuanto al presidente Obama, Isidoro emitió un improperio. “Están todos esos drogadictos y narcotraficantes, personas que no hacen nada en Estados Unidos, y echan a personas como yo”, dijo. “¿Por qué?”.
Funcionarios de la Casa Blanca han indicado que, conforme a una nueva política centrada en los delincuentes, menos padres de hijos norteamericanos están siendo deportados por infracciones leves. El viernes, el gobierno de Obama también informó que cientos de miles de inmigrantes indocumentados que llegaron a Estados Unidos siendo niños podrán quedarse en el país sin temor a ser deportados. Sin embargo, la política no legalizará su estadía, y como cerca de la mitad de los 10.2 millones de inmigrantes indocumentados adultos tienen hijos, expertos indican que es inevitable que más familias sean separadas, especialmente si las deportaciones siguen realizándose a razón de 400 mil al año.
El cambio
Pero para Jeffrey, el impacto de la deportación de su padre, en junio del año pasado, fue inmediato. Sus calificaciones bajaron. A su madre, Leivi Rodríguez, de 32 años, le preocupaba que se volviera más distante, tanto de sus amigos como de sus estudios. Casi todos los días, Jeffrey le decía que quería ver a su padre.
Fue así que, seis meses después de la deportación de su padre, la mujer envió a Jeffrey a vivir con él en México, y unos meses después se les unió junto a Tommy. Fue en diciembre cuando llegó aquí, un pueblo serrano al sur de la Ciudad de México, rodeado por campos de caña de azúcar. En su primera noche, Jeffrey notó algo extraño en su cama. “Papá, ¿qué es eso?”, preguntó.
“Un alacrán”, dijo su padre.
La escuela también representó nuevos retos. En un principio Jeffrey pasó hambre, ya que ni él ni su padre sabían que, al no contar con cafetería, los estudiantes dependían de sus padres para que les llevaran comida a la hora del recreo.
Durante clase, el nivel de confusión de Jeffrey aumenta y disminuye. Su maestra comentó tener dificultades para impedir que esté fantaseando. “Su cuerpo está aquí, pero su mente no sé dónde está”, comentó.
Generalmente en Houston, donde Jeffrey tenía a sus amigos, tenía McDonald’s y al zoológico. Es donde se le iba el tiempo en la biblioteca de la escuela primaria Gleason para ponerse al tanto con su serie de libros favorita, “Diary of a Wimpy Kid” (El diario de Greg). Allá, su escuela tenía un patio de juegos; aquí, no hay más que un bloque de concreto. Allá, las computadoras eran comunes; aquí no hay ninguna.
“Todo era mejor”, dijo Jeffrey.
Jeffrey, al igual que muchos otros niños cuyos padres los han llevado a un país que no conocen, parece estar dividido entre ponerse al tanto con el resto de sus compañeros o atrasarse aún más. Sus padres están teniendo problemas para conseguir trabajo y mantener su matrimonio unido. En un par de ocasiones, Jeffrey comentó que su plan es resistir hasta que pueda regresar a casa.
“Cuando duermo, sueño que estoy en Estados Unidos”, comentó. “Pero cuando me despierto estoy en México”.