Sufre madre… por partida doble
Sandra Rodríguez Nieto
El Diario | 19-06-2012 | 21:56
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Dos meses después de perder de vista a su única hija Jésica, una adolescente de 16 años, Ana Cuéllar, de 45 años, se vio de pronto a cargo de cuatro niños.

Son los hijos de su hijastra Viridiana Padilla, de 22 años y quien, a los dos meses de que Jésica saliera de su casa por última vez para buscar trabajo en el Centro de la ciudad, también salió con dirección a su empleo en una maquiladora de esta frontera, sin que a la fecha haya regresado.

“Quién sabe qué estará pasando con Viridiana. Lo que pienso es que, si se fue con el novio, él también la puede tener privada, porque se me hace muy fuerte que ni una llamada me haga”, dice Cuéllar, quien ahora debe hacerse cargo de una niña de seis, uno de cinco, una de tres y otra de un año y medio.

Ana menciona a los niños de Viridiana cuando habla del cansancio físico y mental que le produce ser casi la única que parece enfocarse en la búsqueda de Jésica, sin ayuda de las autoridades.

La adolescente, que de sus tres hijos es la única mujer, salió el mediodía del 7 de julio de 2011 de su casa en la calle Atizapán, de la colonia Adolfo López Mateos, a dejar solicitudes de trabajo en alguno de los negocios de la zona Centro, y desde entonces su familia no ha vuelto a saber de ella.

Ana cuenta que, al ver que las horas pasaban sin que su hija regresara, lo primero que hizo fue ir a esperarla a la parada de la ruta 3B, que debería traerla de regreso a la colonia.

Al ver que no llegaba en ninguna de las unidades, inició entonces un recorrido en diversas calles de la zona Centro, preguntando a los conductores de transporte público, en todos los hospitales de la ciudad y finalmente en el Servicio Médico Forense, sin éxito.

De ahí se fue a la Fiscalía General del Estado, donde primero, dice, trataron de obligarla a que confesara si tenía problemas con Jésica hasta que, horas después, accedieron a levantarle el reporte por desaparición.

A partir de entonces la mujer ha recibido diversas pistas que, sin embargo, no han arrojado resultados. Primero, mientras pegaba pesquisas en el Centro, una mujer le dijo haber visto a su hija afuera de la tienda ‘Un Solo Precio’, en la calle Francisco Javier Mina, hablando con un hombre que vestía traje y corbata. Luego, alguien más le dijo haberla visto hablando con uno de los choferes en la Ruta 3B el día de la desaparición. Después, un joven deportado que también la vio pegando pesquisas en el Centro le dijo que había visto a Jésica en una cárcel en Nuevo México, lo que coincidió con lo que le dijo una vecina, que había visto una nota en televisión diciendo que Jésica estaba detenida en Estados Unidos.

“Fui luego luego y les dije a los de la Fiscalía, esto hace dos semanas, que son muy buenas pistas para que ya hubieran hecho algo”, dice la madre de familia.

“Ha sido un cansancio físico y mental, porque se pasa el tiempo y se agota uno, y la ley no nos ayuda en nada”, agrega.

Viridiana llegó a vivir a la casa de Ana el mismo verano que desapareció Jésica. La mujer de 22 años les dijo que estaba sin casa y sin marido, por lo que en agosto se refugió con sus cuatro niños en la pequeña vivienda de la calle Atizapán, compuesta sólo de cocina y recámara y donde ya vivían apretujados su papá, su madrastra y los dos hijos de éstos, de 23 y 18 años.

El mediodía del viernes 9 de septiembre de 2011, sin embargo, Viridiana no volvió de trabajar, por lo que al empezar a pasar las horas, Ana supuso que podría estar enfrentando de nueva cuenta un caso de desaparición forzada. “Y ahí empezamos todo otra vez, a buscarla”, dice.

El lunes siguiente, sin embargo, empezó a sospechar que su hijastra estaba abandonando con ella a sus cuatro hijos, debido a que, al ir a la maquiladora, le dijeron que sí se había presentado a trabajar de manera normal.

“Les pedí que le dijeran que estábamos con pendiente, y dos días después volví, y me dijeron que ya habían hablado con ella, y que ella simplemente contestó que no quería saber nada”, agregó.

Ana empezó entonces a tramitar la custodia legal de los nietos de su marido. En la entrevista cuenta que fueron precisamente agentes de la Fiscalía los que, cuando supieron que se había tenido que quedar con los niños, le recomendaron acudir al DIF para evitarse problemas legales.

Ahí encontró que dos de los niños no estaban siquiera registrados y, con el tiempo, que Viridiana había rechazado el citatorio que le habían dejado para que respondiera a la búsqueda o cediera la patria potestad de sus niños.

Ana dice ganar casi un salario mínimo a la semana vendiendo productos por catálogo, cantidad que se suma al sueldo de 700 pesos que su marido gana como operador en la industria maquiladora.

Durante la entrevista, la madre de familia sostiene en brazos a Jocelyn, de tres años, que merodea en el exterior de la vivienda, construida junto al inicio de un profundo arroyo de aguas negras casi completamente cubierto por la maleza.

“Ella sabe que yo quiero mucho a los niños, que conmigo los niños van a estar bien, con todo y que no sean mis nietos”, dice Ana cuando se le pregunta qué pensó al darse cuenta que tenía cuatro bocas más qué alimentar.

“Lo que hago nada más es decir: ‘Dios, provee el día de hoy, porque yo no sé qué va a pasar’, y ha habido días en que no tengo ni para un kilo de tortillas, pero no falta quién venga a traerme comida. Los vecinos saben que tengo a los niños y también el problema de mi hija, y el día que no tengo, no falta quién me traiga una bolsa de mandado”, agrega.