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El vecino incómodo
 
Olga Pellicer
Agencia Proceso |
01-11-2009 | 00:13 | Opinion El Paso
 

Ciudad de México— Ha pasado un año desde la elección presidencial en Estados Unidos que vino acompañada de promesas de cambio en las relaciones de ese país con el resto del mundo. La posibilidad de que dicho cambio se reflejara en las relaciones México-Estados Unidos siempre se vio con cautela. Se sabía que las prioridades de la nueva administración estadounidense estarían en otra parte; se sabía que en México no existían proyectos para aprovechar los nuevos vientos y empujar una versión más novedosa para  las relaciones entre los dos países.

Esos presentimientos han resultado ciertos. Un año después del triunfo de Barack Obama las relaciones México-Estados  Unidos mantienen la inercia de años anteriores. Están concentradas en el tema de la seguridad y  se mantienen lejos del entendimiento entre socios dispuestos a encontrar la manera de construir una relación estratégica que beneficie la estabilidad y el crecimiento en toda América del Norte.  

Cierto que ha habido cambios en el ámbito de la seguridad. La cooperación en ese campo se ha profundizado, y al hacerlo han surgido nuevas preocupaciones y actitudes. Por primera vez la parte estadounidense ha aceptado responsabilidades en lo concerniente al tráfico de drogas y de armas. Se ha otorgado atención al problema de la infraestructura de los pasos fronterizos, necesaria para fines de vigilancia pero también de fluidez en el comercio y tránsito de personas. Existe mayor cooperación para mejorar la administración de justicia en México y se ha acelerado la entrega de equipo y tecnología prevista en la Iniciativa Mérida.  

México tiene ahora mayor presencia en las preocupaciones de los congresistas de Capitol Hill. Pero ésta no se explica por ser un socio atractivo, sino por ser un vecino con problemas. México interesa porque la violencia dentro de su territorio, sus problemas económicos y su incapacidad para impartir justicia pueden repercutir negativamente del otro lado de la frontera. Tal es la percepción dominante en los medios de comunicación, y necesariamente influye sobre la visión de congresistas y de la opinión pública en general.

Aunque las discusiones sobre México como Estado fallido han quedado olvidadas, la información sobre problemas de violencia sigue en primera plana. Diarios como LATimes, Washington Post, NYTimes o Dallas Morning News han creado secciones especiales, de publicación periódica, con mapas interactivos, videos y entrevistas en vivo para conocer mejor a “México en estado de sitio”, “La guerra en las puertas de nuestra casa”, o la “Guerra sin fronteras”.

Esas  imágenes atraen la atención hacia los problemas asociados a la violencia, pero dejan de lado una concepción más amplia de la seguridad en la que ésta se vincule a los problemas del desarrollo. Como ya hemos señalado, no se puede concebir a largo plazo una América del Norte segura y estable si en México la economía se encuentra estancada, se profundizan las desigualdades sociales y la juventud tiene pocas opciones de empleo y educación. Por lo tanto, no se trata solamente de perseguir narcotraficantes,  sino de tener programas de cooperación que contribuyan al crecimiento, al empleo y a la competitividad de la mano de obra en México.

Las propuestas  para revisar y crear nuevas instituciones, definir proyectos, llevar a cabo ajustes administrativos y encontrar formas de financiamiento para dar nuevos cauces a las relaciones México-Estados Unidos han tenido diversas versiones provenientes de académicos u ONG. Una de las más recientes, centrada en la región de la frontera, es el estudio para encontrar “soluciones conjuntas a problemas comunes” que elaboraron el  Consejo Mexicano de Asuntos  Internacionales y el Pacific Council de Estados Unidos.

Ahora bien, semejantes propuestas no conquistan la imaginación de los altos niveles de decisión política, donde no se advierte el impulso capaz de detonar un gran proyecto de cooperación para las relaciones entre los dos países. Un ejemplo ilustra bien la indiferencia que existe frente al papel de dichas relaciones en la vida económica y política de ambos. No se ha creado un grupo binacional, de alto nivel, encargado de  estudiar  el grado en que la crisis económica obliga a repensar y actualizar, teniendo otras necesidades en mente, las instituciones existentes en materia comercial, así como los flujos de mano de obra o de inversión. Dos sociedades vinculadas tan estrechamente como las de México y Estados Unidos no pueden ignorar los impactos que tienen, sobre una u otra, las decisiones del país vecino. Sin embargo, todo sucede como si tales consecuencias no existiesen. Para algunos, los momentos de crisis no son los más propicios para proponer nuevos enfoques; para otros, entre los que me encuentro, es justamente la crisis la que haría más imperiosa la necesidad de buscarlos.

Los obstáculos para un enfoque nuevo de las relaciones México-Estados Unidos que corresponda a la voluntad de cambio de la actual administración estadounidense, así como a las nuevas condiciones presentes en la economía y la política internacionales, son muy numerosos. Baste citar la sensibilidad ante el tema de los trabajadores indocumentados en Estados Unidos o la obsesión con la soberanía y las actitudes defensivas que dominan en la clase política mexicana. Es posible que la complejidad y enormidad de tales obstáculos no permitan dar un giro hacia la concepción amplia de la seguridad a que nos referíamos en líneas anteriores. De ser así, no parece haber remedio. México seguirá siendo percibido en Estados Unidos como el vecino incómodo, necesitado de atención para evitar que sus problemas contaminen el otro lado de la frontera.


 
 
 
 
 
 
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